sábado, 3 de diciembre de 2016

El pincelito [REVISAR]

Había una vez un pincel que era la admiración de todos los demás lápices, pinceles y crayones, puesto que con él habían sido pintados los cuadros más hermosos que habían salido de ese taller. Cuando el pintor tenía que realizar una obra de calidad o un trabajo muy importante, siempre acudía a él, puesto que sus suaves cerdas eran las que más finos y delicados trazos imprimían sobre el lienzo, y le daban un toque especial a cada detalle de la obra. Esto llenaba de orgullo a nuestro amiguito, que solía pasearse orondo por el taller, mirando por encima del hombro a los demás elementos de dibujo, puesto que sabía que él era el mejor. Todas las fibras y acuarelas del taller suspiraban por el galán.

Cierto día, un viejo plumín de tinta china, envidioso porque nuestro amiguito era el centro de la atención femenina del taller, sembró en él una inquietante cizañita. Le dijo:
- ¿Tú te crees muy bueno? Pues lamento informarte que tú solo no vales nada. Jamás decides tú qué es lo que pintarás, o qué colores utilizarás, sino que eres un miserable esclavo del pintor que es quien te usa como a él se le da la gana

Esto inquietó al pincelito. ¿Sería verdad lo que el plumín había dicho? ¡No! El pintor era bueno... Pero... si era así, ¿qué derecho tenía el pintor de hacer con él lo que quisiera? ¡El pincelito era el que se ensuciaba y el que se desgastaba al raspar contra el lienzo. ¿Por qué había de llevarse los laureles el pintor?

La sombra de esta incomodidad quedó flotando en el ánimo del pincelito... Al día siguiente, cuando el pintor lo tomó en sus manos, decidió que sería él quien dictaría los trazos. Así cuando el pintor quería realizar una línea, el pincelito hacía fuerza para pintarla en otra dirección. Cuando el pintor quería sopar el pincel en un color, él apuntaba hacia otro tarrito de pintura. El pintor no entendía qué estaba sucediendo, puesto que en el lienzo tan solo aparecieron manchones deformes e improlijos. Luego de varios intentos fallidos, simplemente dejó al pincelito de lado y tomó otro para recomenzar su obra.

Esto puso aún más furioso a nuestro amiguito. ¿Quién se creía ese pintor que era para cambiarlo a él, al mejor, por un pincel cualquiera? ¡Ahora mismo se pondría él solo a pintar sin necesidad de que ese estúpido pintor lo manosease con sus manos sucias de pintura! Y así lo hizo. Se ubicó frente a un lienzo y con varios botes de pintura junto a él y comenzó a pintar. Todos observaban absortos al pincelito, incluso el pintor, que había dejado su trabajo, y al ver la satisfacción del plumín, comenzó a sospechar qué estaba ocurriendo. De más está decir, que tan solo una masa informe de colores superpuestos apareció sobre el lienzo. Y todos se rieron de él...

Nuestro amiguito, avergonzado, deprimido y frustrado se retiró a llorar lágrimas de pintura en su vaso. Había hecho el ridículo. Todos se habían reído de él. Todos... menos el pintor, que lo tomó dulcemente en sus manos y le dijo:
- Querido amiguito, yo sé que tú eres el mejor, pero eres el mejor en mis manos. No eres un esclavo en mis manos, sino que juntos, los dos, pintamos. Así como yo te necesito a tí, tú me necesitas a mí. Sólo dejándote conducir por mis manos podemos crear juntos la belleza. El que sea yo quien dirige tus movimientos no te quita mérito, no, sino que por el contrario te enaltece, porque yo te elijo a ti entre todos los otros pinceles. ¿Nunca lo habías pensado así? Yo te amo, y te elijo a ti, entre muchos otros, cada vez que te utilizo. Y ahora sécate esas lágrimas, y vamos a seguir pintando

Y el pincelito comprendió que en su naturaleza de pincel estaba el dejarse conducir por las manos del pintor, que sólo así podía ser lo que él era: un pincel.

Fuente: http://www.aciprensa.com/Historias/historia.php?id=234

sábado, 15 de octubre de 2016

El pastel de la abuelita

Un joven estudiante, agobiado por los problemas de la vida diaria, decidió ir a visitar a su abuela, a la que quería mucho y apreciaba por sus sabios consejos. Cuando llegó a su casa, la ancianita estaba cocinando un pastel. Se sentó con su nieto, y el muchacho comenzó a contarle lo mal que le iba todo: sentía que sus esfuerzos en los estudios eran baldíos, faltaba comunión en la familia, los problemas económicos eran cada vez mayores y, para colmo, su salud estaba delicada.

La abuela escuchaba atentamente mientras el pastel se horneaba. Cuando el joven terminó de desahogar todas sus desgracias, su abuela le preguntó si quería comer alguna cosa.
-Por supuesto, abuela -contestó él agradecido, consciente de que frecuentemente los postres de su abuela hacía que uno se sintiera menos desdichado.

-¡Estupendo! Te serviré un buen puñado de harina -dijo ella.

El muchacho se quedó estupefacto:
-Pero abuela..., ¿cómo voy a comer harina?

-¿Te apetecería entonces un vasito de aceite para cocinar? -repuso con expresión inocente la anciana

-¡Para nada! ¡Qué horror! -respondió él, incrédulo

-De acuerdo..., te serviré entonces un par de huevos sin cocinar

-Abuela, ¡pero si todo eso no se puede comer!

Entonces la sabia ancianita le dijo:
-Tienes razón. Nada de eso se puede ingerir por sí solo, resultaría malo para nuestra digestión. Únicamente cuando todas ellas se mezclan en su justa proporción, podemos cocinar la masa de un delicioso pastel. Querido muchacho, Dios es como un pastelero que pone los ingredientes necesarios para hacer un delicioso plato, que a veces tarda mucho en cocinarse y tenemos que esperar para poder degustarlo. Muchas veces nos preguntamos por qué permite circunstancias y momentos de tanto sufrimiento. Pero Él sabe perfectamente cómo ordenar todo esto, que parece insoportable, para que, en la medida perfecta, sean para nuestro bien. Él es el "maestro pastelero": solamente tenemos que confiar en Él y, en su momento, comprobaremos cómo lo que parecía horrible ha conformado algo maravilloso.

jueves, 26 de mayo de 2016

¿Bendición o desgracia?

Hace mucho tiempo, en una pequeña aldea del norte de China, vivía un labrador viudo con su hijo. Sus posesiones se limitaban al terruño, la pequeña casa de paja y un caballo que había heredado de su padre. Pero cierto día el caballo se escapó, dejando al hombre sin animal para labrar la tierra. Sus vecinos, que le tenían en gran estima por su honestidad y laboriosidad, acudieron a su casa para expresarle su solidaridad ante lo ocurrido. Él, al ver que lamentaban el hecho, agradeció la visita, pero les dijo:
- ¿Cómo podéis saber que lo que ocurrió ha sido una desgracia?

Los vecinos, atónitos, fueron saliendo. Algunos comentaban entre sí: «No quiere aceptar la realidad; dejemos que piense lo que quiera, con tal de que no se entristezca por lo ocurrido».

Una semana después, el caballo retornó al establo, pero no venía solo: le acompañaba una hermosa yegua blanca. Al saber de esto, los vecinos de la aldea retornaron a casa del labrador para felicitarlo por su suerte y la sabiduría de sus palabras, que ahora comprendían. Le dijeron:
- ¡Felicidades! Antes tenías un caballo, ¡y ahora tienes dos!

Pero él respondió:
- Muchas gracias por vuestra visita y por vuestra amabilidad, pero, ¿cómo podéis estar seguros de que lo sucedido es una bendición para mi vida?

Estupefactos, los vecinos se marcharon. Muchos pensaron que se estaba volviendo loco, y comentaban entre sí cómo era posible que no comprendiera que Dios le enviaba un regalo.

Poco tiempo después, el hijo del labrador decidió domesticar la yegua. Pero nada más acercarse, el animal saltó sobre él de forma inesperada, y el chico cayó sobre sí mismo, partiéndose una pierna. Los vecinos retornaron a casa del labrador con regalos para el joven herido, y muchos de ellos presentaron sus condolencias al padre manifestándole su tristeza por lo ocurrido. Él agradeció la visita y el cariño, pero repuso:
- ¿Cómo podéis saber si lo sucedido es una desgracia para nosotros?

Todos los presentes se quedaron desconcertados. En esta ocasión no hacía duda de que el hecho de que un hijo tuviera un accidente y pudiera quedarse cojo para siempre era una desgracia. Comentaban al salir de la casa que realmente se había vuelto loco si no caía en la cuenta de lo trágico del asunto.


Transcurrieron algunos meses y Japón declaró la guerra a China. El emperador ordenó que todos los jóvenes saludables se enrolasen en el ejército para ir al frente de batalla. Al llegar a la aldea sus emisarios, reclutaron a todos los jóvenes excepto al hijo del labrador, que estaba con la pierna rota. Ninguno de los muchachos retornó vivo. El hijo se recuperó, los dos animales dieron crías que fueron vendidas y rindieron un buen dinero. El labrador pasó a visitar a muchos de sus vecinos que habían perdido a sus hijos en la guerra para consolarlos y ayudarlos ya que se habían mostrado solidarios con él en todos los momentos. Siempre que alguno de ellos se quejaba, el hombre decía:

- ¿Cómo sabes si esto es una desgracia?

Y si alguien se alborozaba, él preguntaba:
-¿Cómo sabes si eso es una bendición?

Así fue como en aquella pequeña aldea china los hombres comprendieron que todo tiene un significado más allá de las apariencias

miércoles, 10 de febrero de 2016

Un mecánico

Iba un hombre por una carretera solitaria conduciendo su coche, cuando de pronto comenzó a escuchar un ruido extraño, proveniente del motor, como si se estuviera apagando. El acelerador pareció no responder, y con un suave humito que venía desde el capó, la máquina se fue deteniendo poco a poco. Fue decelerando, parecía casi apagado, y finalmente... se paró en la carretera.

Estupefacto, el hombre bajó del coche, revisó el motor, las ruedas... Estaba convencido de que, después de tantos años conduciéndolo, podría averiguar el fallo rápidamente, pero comenzó a frustrarse al ver que no conseguía saber qué había pasado.

Entonces otro automóvil hizo aparición en el inhóspito paraje, conducido por un señor que paró al lado del coche averiado:
- Parece que se ha estropeado su coche..., ¿querría que le ayudase a arreglarlo?

Molesto, el dueño del primer automóvil, repuso:
- Muy amable, pero llevo conduciendo este coche toda mi vida. Lo conozco como la palma de mi mano, y no creo que tú sepas ni puedas hacer algo, si yo mismo no he sido capaz.

Sonriendo, el hombre que acababa de llegar insistió, hasta que el otro cedió incrédulo, pues si él no lo había conseguido con su propio coche, ¿cómo lo iba a conseguir el otro?

Manos a la obra, el extraño abrió el capó del coche, revisó el motor y en apenas unos minutos ya había reparado el daño del vehículo y pudo arrancar el coche.

Atónito, el propietario del coche preguntó:
- ¿Cómo pudiste saber cuál era el problema y arreglarlo si es mi coche?

El segundo hombre contestó:

-Verás, mi nombre es Felix Wankel... Yo inventé el motor rotativo que usa tu automóvil


Reflexión: tal vez estoy empeñado en lidiar con MI familia, MIS problemas, MI tiempo, MI casa, MI futuro... Dejemos esta Cuaresma que el Dueño de la familia, la vida, el tiempo..., sea quien nos muestre nuestra realidad de pecado sin tapujos no para denunciarnos sino para mostrarnos Su rostro misericordioso. Dejémonos ayudar por Dios, autor de la vida. Él es el mejor "mecánico" que está siempre disponible para cuando nos quedemos tirados en la carretera; cuando nos falle el dinero, los afectos, los ídolos del mundo... Sólo en Él podremos encontrar el sentido para todo esto; si no la solución a nuestros problemas, sí el perdón de nuestros pecados, y por lo tanto la paz y el Espíritu Santo que nos permiten vivir con fortaleza los avatares que Él mismo permite para que veamos su Gloria. Para experimentar esto nos aguarda una santa Cuaresma, oportunidad única para convertir nuestro corazón a Dios.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Una gran carga para una pequeña hormiga

Abrumado por mis sufrimientos, mis pecados y mis problemas, cierto día decidí salir al campo para descansar y sobre todo, rezar. Cerca de mi casa hay un erial. Me acerqué a él y me senté sobre una piedra que había en un montículo. Cerré los ojos, y sufrí en silencio por todo lo que pesaba sobre mí. Sentía mi vida pesada, con cargas insoportables, y no entendía por qué sucedían tantas cosas. Grité a Dios por qué permitía todo aquello que me hacía sufrir.

Cuando abrí los ojos, vi una pequeña hormiga entre las diminutas matas que poblaban el terreno poco amable. No había otras alrededor. Pero lo que me llamó la atención era que sobre su cuerpo llevaba un palito unas cinco veces más grande que ella misma. La seguí con la mirada durante casi un metro. Avanzaba sin vacilar cargando el palo, llegando a una gran piedra con una grieta en el medio.

Al llegar a la grieta, probó a cruzar de diversas maneras, rodeándola y estirándose, pero todo su esfuerzo fue vano. Su carga era demasiado pesada para la hormiguita como para realizar cualquier acción repentina.

Entonces hizo algo insólito: hábilmente apoyó los extremos del palito sobre los bordes de la grieta, construyendo un pasaje que le permitía salvar el gran agujero. Subió a su improvisado puente, atravesó el abismo, y al llegar tomó de nuevo su carga y continuó su esforzado viaje.

Esta pequeña hormiga había sabido convertir su carga en puente, y así pudo continuar su viaje. Si no hubiera tenido sobre sí esa carga, no habría podido avanzar y habría caído por el abismo...






martes, 15 de septiembre de 2015

El verdadero valor del anillo

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda:
- Maestro, vengo porque me siento débil y sin fuerzas para emprender empresa alguna en la vida. Todos a mi alrededor me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y tonto. ¿Cómo puedo mejorar, maestro? ¿Qué he de hacer para que ser valorado por los demás?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:
- Cuánto lo siento, muchacho, pero estoy muy atareado resolviendo mis propios asuntos. Quizá en otro momento. Si quisieras ayudarme, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez podría ayudarte

El joven, de nuevo sintiéndose menospreciado, titubeó, pero, al fin contestó que le ayudaría.

El maestro entonces lo miro, se quitó un anillo que llevaba en la mano y dándoselo al muchacho dijo:
- Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un anciano fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.

Pasó allí la mañana entera intentando vender la joya a todo aquel que pasaba (¡cientos de personas!) , hasta que, abatido por su fracaso, montó el caballo y regresó a casa del sabio.
- Maestro -dijo al llegar-, de verdad que lo siento, pero ha sido imposible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 o 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto daría por él

El joven volvió a cabalgar, esta vez hacia el establecimiento del joyero. Al llegar, el experto examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
- Dile a tu maestro, muchacho, que no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¡¿58 monedas?! -exclamó el joven

- Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo...

sábado, 30 de mayo de 2015

Las manos del abuelo

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado en un asiento del patio, no se movía. Su figura débil se recortaba en el espléndido cielo de verano. Estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado ni levantó la cabeza, por lo que, a medida que pasaban los minutos, me pregunté si estaba bien. Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía.

Levantó su cabeza, me miró y sonrió:
- Estoy bien, gracias por preguntar.

- No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí mirando tus mano..., solamente quería asegurarme de que estuvieses bien -expliqué.

El abuelo me preguntó:
- ¿Te has mirado alguna vez tus manos?-y ante mi atónita expresión repuso-: Quiero decir, ¿realmente te has mirado las manos?

Lentamente y sin salir de miasombro ante esa pregunta, abrí las palmas de mis manos y las contemplé un momento. Luego puse las palmas hacia abajo y las observé otro rato. Realmente, nunca me había parado a contemplarlas, pero no acertaba a comprender qué me quería decir en el fondo.

El abuelo sonrió y me dijo:
- Detente y piensa por un momento acerca de tus manos como te han servido a través de los años. Estas manos aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida. Con ellas tomaba la comida que metía en la boca y agarraba las prendas de ropa con las que me vestía. Con ellas ataba los cordones de mis zapatos. Cuando era niño, mi madre me enseñó a unirlas en oración. En uno de sus dedos puse el anillo de boda, que decía al mundo que estaba casado y amaba a alguien muy especial. Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. Temblaron cuando enterré a mis padres, y a mi esposa, y cuando caminé por el pasillo de la iglesia con mi hija el día de su boda.

Me quedé callado, envuelto por sus palabras. Continuó:
- Mis manos han estado en mi rostro, en mi cuerpo, en mi cabello. Han estado sucias y ásperas, hinchadas y dobladas, pegajosas y húmedas, secas y cortadas.  Hasta el día de hoy, cuando casi nada en mí trabaja bien, estas manos siguen ayudándome a levantarme y sentarme, y siguen uniéndose para orar. Estas manos son la marca de todo lo que he hecho en mi vida. Y lo que es más importante, de estas manos Dios me tomará con las suyas para llevarme a Su presencia.

Desde aquella conversación, nunca he podido ver mis manos de la misma manera. Pero recuerdo cuando Dios estiró las suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a Su presencia.

Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi abuelo; me he dado cuenta de que nuestras manos son una bendición. Así que cada vez que las voy a usar me pregunto: ¿qué estoy haciendo con esta herramienta preciosa que Dios me ha regalado? ¿La tiendo hacia el necesitado, la empleo para manifestar cariño, para dar limosna, para socorrer al desvalido, para abrazar a quien lo necesita? ¿O las empleo para expresar rechazo y desprecio, para pecar, para acumular para mí?