martes, 23 de diciembre de 2014

La estrella que no brillaba


Había una vez una estrella que se llamaba Luz Azul. Aunque la verdad era que mucha luz no tenía. De hecho, era la estrella que menos brillaba; por eso el resto de las estrellas se burlaban de ella.  Pero ella no se quejaba nunca, ni tampoco les decía nada a los astros que se metían con ella. Todas menos Piedra Verde, una estrella que sentía lástima por ella.
-Yo diría que cada vez brillas menos -le dijo un día la presumida estrella polar-. No eres ni la mitad de bonita que yo, que soy la qué más brillo. Además, tú estás más sucia.

Luz Azul se entristeció al oír estas palabras. La estrella polar a veces se cambiaba de lugar, y ese día se estaba metiendo con ella continuamente. Aún así, le dijo suavemente:
-Bienvenida a este trocito del cielo. Siento brillar tan poco y estar tan sucia. De todos modos, espero que lo pases bien aquí.

-¡Cómo esperas que lo pase bien aquí! -dijo desdeñosamente-. Confío en irme de aquí lo antes posible. Y tú, mejor que te vayas a otro sitio y no me molestes.

Luz Azul se retiró silenciosamente muy afligida. Era cierto que estaba algo sucia y que casi no brillaba, pero, ¿qué podía hacer ella para solucionarlo? Ella no podía remediarlo. Se consoló pensando que al día siguiente, por la noche, sería el día de Nochebuena. Y con esos pensamientos, se quedó dormida. Las estrellas siempre dormían durante el día y estaban brillando en el cielo durante la noche.

A la noche siguiente, intentó brillar con todas sus fuerzas, pero sólo consiguió emitir unos débiles destellos que casi no se notaban. Y estuvo escuchando de nuevo las burlas y desprecios de la estrella polar. Intentó no entristecerse mucho, porque ese día era Nochebuena. Cuando Luz Azul se fue a dormir, antes de lo normal (al menos para una estrella) pensó un deseo. Sabía que seguramente no se cumpliría, puesto que pensaba que no dejarían nada para ella, porque no brillaba, estaba vieja y sucia, y era pequeña, y todos la despreciaban. A pesar de eso, pensó: "Lo que más me gustaría es que todas las estrellas, y los astros, y los humanos, y el cielo entero fueran felices. No pido nada para mí, quiero que todos sean lo más felices que puedan".

Y la pequeña estrella se quedó dormida.

A la tarde siguiente, cuando las estrellas más madrugadoras se habían despertado ya para brillar espléndidamente durante la noche, le despertó Piedra Verde diciendo:
-¡Despierta, Luz Azul, vamos, despierta! ¡Tienes que ver esto! ¡Despierta!

Luz Azul se levantó perezosamente y observó que, aunque algunas estrellas estaban levantadas, ninguna de ellas brillaba. Entonces se dirigió a su amiga:
-¿Qué querías, Piedra Verde? ¿Por qué me has despertado?

-¡Tienes que ver esto, vamos, ven!

La estrella la siguió, y cuando había recorrido un poco más de cinco metros, vio un pequeño sobre de color rojo claro, y sobre el papel del sobre, impreso en gruesas letras negras ponía claramente: "Luz Azul"

Luz Azul estaba atónita. Nunca había recibido un regalo. Al cabo de unos segundos dijo con un hilo de voz:
-¿Para… para mí?

-¡Pues claro que sí! ¿No ves lo que pone? -dijo Piedra Verde sonriéndole-. ¡Vamos, Luz Azul, cógelo ya que es tuyo!

Ella cogió el sobre y vio que no tenía ningún remitente. En el cielo, la mayoría de las estrellas habían comenzado a brillar. Luz Azul sacó del sobre un papel blanco bastante largo, y cuando iba a ver lo que ponía, le dijo su amiga:
-Bueno, yo tengo que irme, porque tengo que estar en mi puesto para completar la constelación de Orión. Luego, si quieres, me cuentas lo que pone en la carta.

Luz Azul asintió distraídamente mientras extraía completamente el papel blanco. Lo primero que vio fue una caligrafía curva, pulcra y estilizada. Leyó la carta. Decía:

Querida estrella:
 Sé cuál es el deseo que pediste por Navidad. Siento decirte que no puedo cumplirlo. La felicidad viene de dentro, no de fuera. La felicidad está dentro de cada estrella, de cada humano, de cada astro que ves en el cielo. Lo que pasa es que no todos saben buscarla, amiga Luz Azul.

Pero te concedo una cosa que también te va a gustar. No sé si lo sabrás, pero yo me fijo sobre todo en los más humildes. Y entonces te vi a ti. ¿Nunca te has dado cuenta, Luz Azul? ¿Nunca te has dado cuenta, por ejemplo, de que significativamente tu nombre se lee igual del derecho que del revés? Así te vi yo: transparente, sencilla. Otro ejemplo: te vi un día que pasaba una estrella llorando porque un meteorito le había roto un extremo. ¿Y que hiciste tú? Le ofreciste tu propia punta, te la arrancaste reprimiendo un terrible chillido. Se la diste, y ella se fue correteando alegre. Sabes que por eso te falta ahora.

Y como una buena estrella colgada en el cielo, como soportas los desprecios sin abrir la boca. Por eso te quiero recompensar. Serás la estrella que más brille en el firmamento; el lucero más luminoso, Luz Azul. Quiero que esto no te quite tu humildad; al contrario, que te la aumente. El brillo exterior no importa en realidad, aunque seas una estrella. Brilla siempre por tu sencillez.

Feliz Navidad.

A medida que la estrella iba leyendo estas palabras, su cuerpo se iba haciendo más luminoso, su brillo más resplandeciente, y su corazón inundado de la felicidad que había encontrado en su interior al leer la carta, se iba haciendo más y más grande.

Y hasta hoy sigue siendo la estrella más luminosa del cielo. Jamás se ha portado mal con la estrella polar que se burlaba de ella, y que se arrepintió. Si ves algún día una estrella sonriente de un brillo especial, recuerda que su nombre se lee igual del derecho que del revés. Recuerda que brilló por su humildad y sencillez, como no solo pueden brillar las estrellas. Es Luz Azul.

María CVG 

domingo, 2 de noviembre de 2014

La ratonera

Cierto día llegó a la granja un paquete. Un curioso ratón se asomó a la puerta de la entrada y vio a la esposa del granjero abriéndolo, pensando qué tipo de comida podría hallar allí..., cuando de repente vio con estupor que había una ratonera. Veloz como el rayo, corrió al patio de la granja y al establo, gritando:
- ¡Hay una ratonera en la casa! ¡Una ratonera!

Se acercó a la gallina, que estaba buscando lombrices en la tierra para sus polluelos y le advirtió:
- ¡Hay una ratonera!
- Discúlpeme, señor ratón -contestó la gallina-; entiendo que le suponga un problema, pero entienda que a mí y a mis polluelos no nos perjudica ni nos molesta de ningún modo

Llegó el ratón junto al cordero para avisarles:
- ¡He visto una ratonera en la granja!
Pero el animal le dijo:
- Vaya, es una lástima. No veo qué puedo hacer para ayudarle. ¡Espero que no le suceda nada!

Desesperado, el ratón fue corriendo hacia el establo y en cuanto vio a la vaca le dijo agitado:
- ¡En la casa hay una ratonera!
- ¿Cómo? -replicó ella indiferente-, ¿una ratonera? Pero entonces yo no estoy en peligro. ¿Acaso me incumbe...?

El ratón, apesadumbrado, se volvió a su cobijo con sumo cuidado, afrontando solo el peligro que le acechaba.

Aquella misma noche se escuchó un chasquido. La ratonera había alcanzado a su víctima... La mujer del granjero corrió al lugar, sin percatarse, en la oscuridad, que la trampa había agarrado la cola de una víbora venenosa. Se aproximó y la víbora la mordió con su veneno fatal.

El granjero la llevó rápidamente al hospital, de donde volvió con fiebre. Para alimentarla y aliviarla, su marido decidió hacer un buen caldo de gallina. Tomó, pues, el granjero un cuchillo y fue a buscar el principal ingrediente de la sopa: la gallina.

La enfermedad de ella se fue agravando, y los parientes y vecinos acudían a visitarla para animarle y ayudar al preocupado esposo. Para alimentarlos, mató al cordero.

Pero la mujer no resistió, y acabó falleciendo. Muchas personas asistieron al funeral. El pobre granjero, agradecido en la tribulación por la solidaridad de todos aquellos buenos amigos, resolvió matar a la vaca para dar de comer a todos.

Y así por causa de la ratonera, que no era asunto de nadie y a ninguno importaba, acabó siendo la causa de la desgracia de la granja entera.

miércoles, 8 de octubre de 2014

El elefante encadenado

Cuando yo era niño, me encantaba ir al circo. Cada vez que una compañía pasaba por nuestra pequeña ciudad, mis abuelos me llevaban a ver la función. Como a tantos otros niños, lo que más me entusiasmaba era el despliegue de domadores y animales: leones, panteras, tigres... El elefante me llama la atención especialmente. Durante el espectáculo, la enorme bestia hacía despliegue de su fuerza descomunal, y a pesar de su enorme peso y tamaño, ¡se mantenía erguido sobre un pequeño taburete! Pero después de la actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante se quedaba fuera de la carpa sujeto únicamente por una gruesa cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca de madera clavada en el suelo. ¿Cómo un animal capaz de arrancar de cuajo un árbol con su propia fuerza no huía, estando sólo sujeto por un trocito de madera enterrado unos centímetros en la tierra blanda? Alguien me había dicho que no se escapaba porque estaba amaestrado, pero yo me decía a mí mismo: "Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?"

Cierto día, acabábamos de salir de la función y pregunté a mi abuelo acerca del misterio del elefante. Me respondió:
- El elefante de circo no se escapa porque desde muy pequeño ha estado atado a una estaca como esta. Probablemente, cuando apenas era un elefantito recién nacido, dedicó tiempo y esfuerzo a empujar y tirar, tratando de soltarse. Pero como no tenía tanta fuerza como ahora, todo su esfuerzo no fue suficiente. Pero un día, terrible para su historia, aceptó su impotencia y se resignó a su destino. El pobre elefante, enorme y poderos, que acabamos de ver en el circo, no se escapa porque cree que no puede, y jamás volvió a intentar poner a prueba su fuerza otra vez...

martes, 26 de agosto de 2014

¿Qué debo hacer?

Cada día, cuando visito a Jesús en el Sagrario, le hago la misma pregunta: “¿Qué debo hacer?”. Y es que no encuentro respuestas a mis inquietudes y a menudo no sé cómo solucionar mis problemas.

Hoy fue un día especial, diferente. Me encontraba en ese diálogo solitario con Jesús. Le preguntaba muchas cosas, con la certeza que Él está allí, y me ve y me escucha. Y de pronto me llegaron estos pensamientos...  Como no tenía papel para anotar, los escribí en la palma de mi mano. Al salir de la Iglesia vine a la biblioteca. Aquí estoy, en este momento, leyendo lo que escribí:
El que vive en la presencia de Dios no puede odiar, aunque quiera.
Dios es Amor.  Su amor es tan grande que todo lo inunda y no deja espacio en tu alma para el odio, el resentimiento o el rencor. 
En su presencia sólo hay paz, serenidad,  perdón y misericordia.
Hay algo más. Mirándolo fijamente le recordé los problemas que atravieso y  no sé cómo solucionar. Entonces sentí como un bálsamo en el alma. “Eres Tú”, le dije, “sé que eres Tú”. Y un amor hondo me llenó con tal fuerza que aún, en este momento lo percibo. Es un gozo interior indescriptible.  Y me mueve a amarlo todo, a todos, al bueno, al malo, al que me ama, al que me odia. 

En ese momento volví a hacer la pregunta que siempre quedaba sin respuesta: “¿Qué debo hacer?”. Esta vez algo ocurrió.

 “¿Qué debo hacer?”, volví a preguntar.

 Sentí una voz interior, transparente como el viento, que me llegó al corazón:
“Amar”, respondió. “Debes amar”.

Entonces comprendí. He amado, pero no lo suficiente. He amado con un amor muy pobre y egoísta, un amor selectivo. Debo dar ese primer paso que nos diferencia y amar un poco más. Luego, pedirle una chispa de Su amor, que es un amor puro y limpio, para amar como debo amar. Al salir, llegué a esta conclusión: si amáramos un poquito más, el mundo sería diferente, y nosotros también. Ahora lo sabes... Cada vez que preguntes qué debes hacer,  encontrarás una sola respuesta: amar.

Testimonio de Claudio de Castro

miércoles, 23 de julio de 2014

Dios está presente

Un hombre, fervientemente creyente, vivía en un pequeño pueblo muy lluvioso. En época de inundaciones y ante la gran cantidad de agua que se esperaba para aquellos días, los vecinos del lugar decidieron abandonar el pueblecito para resguardarse en otro más seguro durante un tiempo. Pero nuestro protagonista prefirió quedarse, por más que le insistieron los suyos, diciendo: "Dios me salvará".

Ese mismo día, las lluvias torrenciales hicieron que en apenas unas horas el nivel del agua subiera más de un metro y medio. Entonces un lugareño pasó justo por delante de la casa del hombre con un pequeño bote y, haciéndole sitió, le ofreció subir con él. Él negó apostillando que "ya Dios me va a salvar". Y el hombre del bote, sin entender su actitud, siguió navegando en su búsqueda de personas a las que ayudar.

Pero la lluvia no cesó y nuestro amigo se vio forzado a subir al tejado de su vivienda.  Fue entonces cuando vio a un helicóptero de rescate que sobrevolaba la zona, pero se negó a partir con los socorristas: "ya Dios me salvará".

Pero seguí lloviendo a cántaros, y la fuerza implacable de las lluvias torrenciales destruyó la casa y el hombre murió allí. Su alma ascendió al cielo y, al encontrarse con el Señor, le preguntó entristecido:
- Toda mi vida creí en ti e hice el bien. Estaba convencido de que tú me salvarías pero me todos mis amigos y familiares allá lloran mi muerte. ¿Cómo no me rescataste de aquella tragedia?

Y dulcemente, Dios le respondió:
- Hijo mío, claro que traté de salvarte: primero envié a tus vecinos, luego a un buen hombre con su bote y finalmente a un helicóptero de rescate. Sin embargo, en toda ocasión tú te negaste a recibir la ayuda que yo había pensado para ti.

jueves, 3 de julio de 2014

Actuando: un papel fundamental

 Desde pequeño le habían fascinado las obras de teatro y las películas, en las que él veía cómo alguien encarnaba un personaje metiéndose plenamente en el papel y la personalidad del otro: los gestos del actor eran los de su personaje; su cara, su boca, sus manos, sus palabras. Dejaba de ser él para convertirse en su personaje. Por eso cuando en la escuela organizaron aquella obra de teatro se propuso conseguir tomar parte en ella.

Pero su madre, testigo del interés del niño y sabiendo que había puesto todo su corazón en ser elegido, temía que su hijo no consiguiera un papel, pues ella sabía que anhelaba tener importancia para el desarrollo de la obra.

El día en que repartieron los papeles, ella aguardaba al niño a la salida de la escuela. Su hijo salió corriendo, con los ojos brillantes de orgullo y emoción:
- ¡Mamá, mamá! -gritó feliz, para a continuación decir unas palabras que permanecen como una lección-: he sido animado para aplaudir y animar.

lunes, 16 de junio de 2014

¿Cuál es...?

¿El día más bello?
Hoy


¿El obstáculo más grande?
El miedo


¿El error mayor?
Abandonarse


¿La raíz de todos los males?
El egoísmo


¿La peor derrota?
El desaliento


¿Los mejores profesores?
Los niños


¿La primera necesidad?
Comunicarse


¿Lo que más hace feliz?
Ser útil a los demás


¿El misterio más grande?
La muerte


¿El peor defecto?
El mal humor


¿La persona más peligrosa?
La mentirosa


¿El sentimiento más ruin?
El rencor


¿El regalo más bello?
El perdón


¿La ruta más rápida?
El camino correcto


¿La sensación más grata?
La paz interior


¿El resguardo más eficaz?
La sonrisa


¿El mejor remedio?
El optimismo


¿La mayor satisfacción?
El deber cumplido


¿La fuerza más potente del mundo?
La fe


¿Las personas más necesarias?
Los padres


¿La cosa más bella de todas?
El amor
 

Madre Teresa de Calcuta